El empresario ha revolucionado el sector convirtiendo los destartalados y lúgubres cementerios de coches, donde en un descampado se amontonaban los vehículos sin orden, en modernos centros de tratamiento, que aseguran una gestión ecológica del coche al final de su vida.
“Mira esos terrenos de ahí. Son todos míos –Luismi, como le llaman sus amigos, señala una enorme extensión de tierras yermas situadas detrás del desguace–. Allí cumpliré mi sueño de tener el centro más grande del mundo”. La planta procesa actualmente 80.000 vehículos al año, cerca de 250 al día. Con la ampliación, podrá llegar a operar mil vehículos diarios, desde turismos a 4X4, camiones y furgonetas (ahora, sólo tiene turismos).
“Tenemos a 380 personas en plantilla y alcanzaremos las mil con la ampliación, que espero que la crisis no paralice”, confiesa Rodríguez, que saluda por su nombre a todos los operarios mientras recorre las instalaciones.
La historia de este empresario es la de un joven emprendedor que con tan sólo 22 años, y sin tener ni idea del negocio, construyó un pequeño desguace de piezas en un terreno de 10.000 metros que le dejó su abuela, a la entrada de Torrejón de la Calzada, cerca de Parla, población de Madrid en la que nació. “Cuando tenía doce años, me encantaban las películas americanas en las que aparecían viejos desguaces de coches. Entonces me surgió la idea de entrar en el negocio”, explica.
Desde entonces, Rodríguez ha demostrado que tiene un olfato inigualable para los negocios, pese a no tener estudios universitarios, ni haber cursado costosos másters.
El mejor ejemplo de cómo funciona este emprendedor se produjo en 1992 cuando el Ayuntamiento de Madrid sacó a concurso público la recogida de coches abandonados en la calle. La propia presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, concejala de Medio Ambiente del consistorio en ese momento, recordaba recientemente cómo, “para sorpresa de todos, La Torre no sólo no nos pedía el dinero que marcaba las bases del concurso, sino que ofrecía 12.000 pesetas por retirar el vehículo”.
“Vi un negocio donde otros no. Las empresas que había eran de achatarramiento de coches y no de reciclaje. Nosotros queríamos aprovechar las piezas, separarlas y venderlas. La gente no apostaba por avanzar e innovar”.
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En los negocios tienes que arriesgar mucho; si no, es imposible tener éxito. A veces, decides gastos que no sabes si podrás rentabilizar, pero hay que hacerlo. Todo lo que gano, lo reinvierto”, resume como principio de su particular gestión.